La historiografía como escritura del cuidado de sí: la autografía

[Nota. Este texto fue escrito para el XLI Encuentro Nacional de Estudiantes de Historia, celebrado en noviembre de 2018 en Mérida-Yucatán. Al releerlo me doy cuenta de varios cambios en mi pensamiento, en especial con el ‘presentismo’, la ‘autografía’ y su relación con la historiografía. No realicé ningún cambio de la primer versión del texto.]

La historiografía como escritura del cuidado de sí: la autografía

“Si escribir y pensar pueden hacer algo otro que servir el destino caído de la historia universal, si podemos salvarnos o rescatarnos de narrativas de destino que han ya perdido su destino mismo, acudimos a la cura, no como restablecimiento de la salud, sino como posibilidad de acceso a la región abierta donde la libertad puede todavía aparecer”.[1]

El clima

Traficados, deambulamos entre territorios de riesgo en busca de algún alivio inmediato generado por los climas de malestar. Los lugares devienen estaciones de paso impulsándonos, ya sea dentro o fuera de ellos, hacia la reproducción cada vez más acelerada de la constitución de la racionalidad actual: la destrucción. El gobierno de nuestros cuerpos operando en la programación de nuestras vivencias del tiempo posibilita que los gestos, prácticas, pensamientos y anhelos que huyen de la tiranía del reloj, devengan angustia. Compuestos de aparatos técnicos con los que conducimos nuestras vidas, la pérdida de tiempo es rápidamente encausada y regulada por la inercia de la máxima utilidad de cada movimiento. La equivalencia como superficie y base de la relación con la vida se extiende en cada adscripción autómata a los supuestos encubiertos de verdad. Mecanismos de evaluación aquí y allá aseguran nuestro encierro en las dinámicas diarias. Los sometimientos voluntarios, lejos de mostrar su miseria explayada, son enmascarados con los discursos del éxito. Las inclinaciones y tendencias por sostener los relatos gangrenados de nuestro presente llevan la misma intensidad que aquellas que aceleran su desaparición. Ignorar la configuración y sus operaciones de la actualidad, de nuestro presente, es renunciar a otras formas de vidas posibles asegurando la borradura de nuestra existencia.

El derrotero

La diseminación del malestar actual aparece en las instituciones que lo soportan y en aquellas que se esfuerzan por la construcción de otras vías a modo de crítica. La institución historiográfica –entendida como la plataforma desde donde el saber histórico se pronuncia en el campo de los saberes– no es la excepción. La intención fundamental de este texto es ensayar una posible escritura de la historia que haga frente a la inminente caída de las instituciones que, desde su aparición como disciplina a finales del siglo XVIII, al día de hoy, han oficializado la producción historiográfica, a saber: el Estado, la universidad y sus alianzas con el discurso del mercado. Sin pretensiones de resolución absoluta, aunque sí venida de una fuerza crítica que busca abrir caminos no trazados, me limitaré a proponer la autografía (término elaborado por Alberto Morerias) como posible escritura historiográfica.

            El entusiasmo desde el que escribo viene de una serie de cuestionamientos acerca de cómo la restitución entre existencia y pensamiento es posible. Al margen de los circuitos que han anulado el ejercicio crítico como creación y procuración de sí, ya sea en la dinámica universitaria y sus delirios productores de operadores para la reproducción del sistema actual, ya sea en la desesperada carrera por alcanzar la fama por cualquier medio, decido dar la espalda a las seductoras promesas identitarias que buscan clausurar, desde la perversión, toda confrontación consigo mismo. Sólo así, en mi opinión, vale la pena toma el riesgo de escribir pues, lo que está en juego, es la toma de la palabra ante el rechazo de alguna identificación.[2] Si la historiografía tiene como una de sus operaciones fundamentales “plantear al otro como condición de posibilidad de lo que analiza”[3], y ese otro ha sido, en la tradición historiográfica, la existencia del historiador, la urgencia de atender ese residuo podría responder a un alumbramiento, tal vez, a otras formas de concebir a la vida.  

Ampliación

El estado de sonambulismo ha sido impuesto. Un extraño anudamiento compuesto de las sensaciones de pérdida de sí debido a la aniquilación de la vida terrestre, las presiones por ser reconocido y sus alianzas con las industrias del yo, la angustia de pertenecer a la antesala del campo de posibilidades del presente sin rumbo, la confusión de estar al tanto de los sucesos sin afectación real, etc., asegura el éxito de los mecanismos de dopaje. La Stimmung[4] de nuestro presente, podría arriesgar, es la del derrame de sí hacia el limbo. Una extraña hemorragia cuyo flujo hace sentir los vacíos y las pérdidas de nuestra existencia atormentada por las fugas del tiempo. Este estado oscila entre el éxtasis placentero de desintegrarse y un desfallecimiento venido de la pérdida de algo que no sabemos que es, pero que sabemos que existe. El contexto y su configuración emocional aparece en varios trazos, por ejemplo, en la producción musical de Radiohead, en especial, en su reciente canción: Daydreaming (2016), o bien, en la ominosa serie Black Mirror (2011-2017) cuya potencia crítica ha sido diluida por la experiencia del entretenimiento. Hay muchos más ejemplos, sin duda. La efervescencia de estos trazos no ha cesado desde la última década del siglo XX, cuando las relaciones sociales se tornaron, siguiendo el sugerente título de la novela de Michel Houellebecq, en una Ampliación del campo de batalla (1994). La sociedad de la novela, la nuestra, como un campo de autodestrucción soft:

“La norma es compleja, multiforme. Aparte de las horas de trabajo hay que hacer las compras, sacar dinero de los cajeros automáticos (donde tienes que esperar muy a menudo). Además, están los diferentes papeles que hay que hacer llegar a los organismos que rigen los diferentes aspectos de tu vida. Y encima puedes ponerte enfermo, lo cual conlleva gastos y nuevas formalidades.

            No obstante, queda tiempo libre. ¿Qué hacer? ¿Cómo emplearlo? ¿Dedicarse a servir al prójimo?

            Pero, en el fondo, el prójimo apenas te interesa. ¿Escuchar discos? Era una solución, pero con el paso de los años tienes que aceptar que la música te emociona cada vez menos.

            El bricolaje, en su más amplio sentido, puede ser una solución. Pero en realidad no hay nada que impida el regreso, cada vez más frecuente, de esos momentos en que tu absoluta soledad, la sensación de vacuidad universal, el presentimiento de que tu vida se acerca a un desastre doloroso y definitivo, se conjugan para hundirte en un estado de verdadero sufrimiento.

            Y, sin embargo, todavía no tienes ganas de morir”.[5]

Este terrorífico panorama se amplía. Se multiplica, como el cáncer, en los órganos y tejidos sociales creando nudos negativos. Uno de ellos, compuesto por el Estado, la universidad, y el discurso del mercado, afecta y su vez es afectada, por la producción historiográfica consumiéndola por la maquinación de su quehacer. La emergencia del presentismo[6] y su extensión hacia el futuro en forma de cálculo ante las amenazas de todo tipo y hacia el pasado asumiendo las deudas del patrimonio y la memoria, satura nuestros horizontes con la aparente coincidencia del presente consigo mismo. Las consecuencias de este régimen de historicidad llevan consigo un entendimiento y una experiencia sobre cómo responder a este laberinto de reflejos de sí mismo. Las investigaciones históricas volcadas a producir las historias de los vivos, están ubicadas en un doble registro: a) el de la configuración social actual dispuesto por el mercado, y b) el del compromiso ético con las problemáticas actuales suscitadas del primero. La tensión aparece ante nosotros al momento de comprender que, de estar inscritos en el campo historiográfico común, debido a su propiedad institucional, limita constantemente las iniciativas que formulen preguntas que desvíen el tiempo y los temas de producción requeridos para la utilidad en la funcionalidad del sistema tecno-científico instaurado. Acorralados, sin ningún sitio a donde dirigirse más que a sí mismos, los historiadores dan cuenta que la espada de Damocles ha estado, desde hace tiempo, en sus narices. Así pues, quedan, al menos, dos opciones. Asumir su lugar de excremento, de podredumbre ante el discurso institucional que vuelve de su existencia la porquería que debe ser negada para afirmar, con su sumisión, el poder que lo nombra.[7] O bien, destituir el supuesto verdadero de la institución vaciándola de su poder, al mismo tiempo que toman la palabra.

Aceptar las demandas del Estado (y sus asociaciones con el mercado) en la actualidad es continuar la maquinaria identitaria que, ante su disolución, refuerza ante la pérdida de cohesión social. Afirmaciones tales como nuestro un origen común venido de “las culturas indígenas”, el consumo de productos hechos en el país y sus localidades, o bien, la exotización y rentabilización de los “pueblos mágicos” debido a su historia singular apelando al “multiculturalismo”, etc., resultan en narrativas (museísticas, librescas, audiovisuales, etc.) que buscan situarse como la perpetuación del metarrelato y el metasujeto nacional que, desde un punto de observación superior, se pavonea desde su propia superioridad.[8]

Encarnar el sujeto del saber universitario es pertenecer al engrane de la producción de proyectos rentables, exitosos, que puedan entrar en la dinámica del mercado.[9] Para ello, hay sistemas de evaluación. El imperio del cálculo dicta las tendencias, lo que importa y lo que no, a quiénes hay que publicar y a los que no, los rostros con los que se pronunciaran ante la opinión pública y privada, los discursos de involucramiento social y sus aplicaciones, etc. El equívoco entre la ética y la responsabilidad con la contabilización no es menor. La escritura historiográfica se torna en artículos de conveniencia ya sea por responder a la burocracia académica, ya sea por calmar el ansia de editores de revistas y periódicos, renunciando a toda posible creación. La operación historiográfica responde, en lo general, a una ausencia de escucha de hacia dónde se ha ido desplazando su otro que la funda, es decir, su historicidad, su no coincidencia consigo misma, su diferencia. Hay una fascinación por el volumen de los éxitos que olvida fácilmente que una de las propiedades del pensamiento es dar voz a la vida. La relación entre investigaciones y sus objetos es frígida, estéril.

Entregarse a la ocupación de generar valores agregados a la historia, en cuanto a saber, ha sido un éxito. Las demandas del mercado discurren entre la creación de un perfil intelectual en el que la representación (universidades de procedencia, imagen, instituciones en las que ha transitado, etc.) se ha vuelto el centro marginando al pensamiento. Una de las propiedades de la historia es el señalar el límite entre el presente y la diferencia, el pasado. De ceder esta singularidad crítica a la homologación de tiempos y espacios a los del presente[10], rentabiliza la relación con el pasado, pues lo que se muestra es una continuación de nuestra cultura y no su extrañeza; la industria narrativa de las editoriales y el cine, en su mayoría, brindan los placeres de la identificación, no de la generación de preguntas. La experiencia[11], en tanto que producto rentable, se ha instaurado, y con ello, su diseño y programación. Viajar a Roma, o a cualquier destino, puede ser acompañado de un relato “histórico” que enaltezca la estadía en dicho lugar. Los lugares de memoria, museos de catástrofes, de culturas distintas, cuyas intenciones son mostrar la capacidad destructiva de la especie, logran lucrar con la configuración actual de los sentimientos produciendo culpa, dolor, y tristeza, ante los “peores crímenes” de la humanidad.

En estos contextos transitan los historiadores (y no sólo ellos). El “máximo aprovechamiento” del tiempo ha delimitado la eficacia de la utilidad de nuestro quehacer. Estamos viviendo lo que Lyotard, en su informe sobre La condición postmoderna (1979) predijo: “El saber es y será producido para ser vendido, y es y será consumido para ser valorado en una nueva producción: en los dos casos, para ser cambiado. Deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su <<valor de uso>>”.[12] El conocimiento ilustrado ha finalizado, lo hemos incorporado. Sin necesidad de profesores ni la dinámica moderna de la enseñanza presencial y la erudición, con la información disponible y la movilidad como práctica cada vez más normalizada, estamos condenados a la creación. Glosas de autores y sus obras, estudios acerca de X tema, “todo está dicho”, lo que digamos estará siempre en falta, el delirio del saber universal llega a su fin a modo de explosión.

El historiador vive, en la actualidad, una extraña afasia. Ha pasado por varias, por ejemplo, con la aparición de las computadoras y la implosión de datos; la encarnación de su propia historicidad y con ella, su carácter ficcional, etc. Situado en la configuración acelerada del nuevo orden del conocimiento y del saber, la fluctuación y novedad exacerbada, la imposibilidad de significar la vida y la muerte, la imposibilidad de comprender la diferencia como tal y no como una extensión curiosa y exótica, con la presión de publicar lo que sea, aunque jamás sea leído, o bien, hablar en miles de conferencias y ponencias ante un público que poquísimas veces escucha por un interés genuino y no por conveniencia, ¿qué le queda hacer? La disolución de las historias singulares en cuanto a combinaciones inéditas de posibilidad de nuevos lazos sociales es alarmante. Pareciera que aquello que tenemos por decir como relatos acerca de nuestra existencia queda cancelada por una voz venida de un anhelo de continuar afirmando al discurso del mercado, aún en su estupidez sistemática, dejando al margen otros mundos en potencia. En la instauración hegemónica, la ceguera deviene ilusión de visión, la tontería en razones obvias que fundamentan toda acción, las vidas en perfiles y videos de los que es posible salirse y censurar “al gusto”. Vivimos en la crisis de los relatos, en el sonambulismo que margina la posibilidad de significarse en automatismo que exige la dinámica de la continua construcción del mundo gobernado por el principio de la equivalencia.

Autografía: la escritura existencial

Devorados por la asignación de nuestras vidas en el control cibernético que registra nuestro quehacer, devenimos materia nómada de los perfiles requeridos para mantener la plusvalía de las identidades. El yo ha adquirido la plasticidad necesaria para ser moldeado en una supuesta libertad de elección de nuestras personalidades. Es un pequeño-gran yo presionado a la asimilación del trending programado. Una desesperada búsqueda de reconocimiento del otro que cambia con las novedades nos inscribe en la renuncia de la pregunta de nosotros mismos. Un extraño placer nos hace entregarnos a las consignas, los órdenes, vía la administración. Los placebos, jamás tan a la mano como ahora, inhiben la formulación de preguntas acerca de las consecuencias, los lados “B” de asumirse pertenecientes a los discursos que nos dicen la verdad negando la nuestra. El atrevimiento y el riesgo que exige poner una pausa, comillas a lo que hemos asumido ser, es un enfrentamiento con aquello que ha sido marginado en la instauración de nuestra identidad. Este desfase es, ya, un gesto de destitución, de historicización, en que se abre la posibilidad de decir: “esto no es”. Si no somos aquello que creímos ser, si la relación con las cosas, las personas, conmigo mismo se ha basado en una comprensión venida de otros, entonces, una re-escritura de la vida misma se torna necesaria. No para encontrar a un yo originario, más bien, para asumir la propiedad creativa de relatos como alumbramientos de otras formas de vidas.

            La tradición literaria e historiográfica moderna ha situado a la autobiografía como un género literario, entendiendo por él la escritura de la vida de uno mismo. Un sinfín de debates acerca de la veracidad de estos relatos se han desplegado a partir de la década de los sesentas del siglo XX a nuestros días.[13] De entre tantos, uno de ellos menciona el carácter ficcional de las autobiografías pues lo narrado, más que decir la verdad objetiva de lo que sucedió, muestra los artificios que disponen los recuerdos, ya sean procesos de la psique, ya sean contextos culturales. Las incursiones psicoanalistas[14] sobre el tema, desde Freud hasta nuestros días también han proliferado debido al interés sobre cómo la novela de sí, venida de represiones del horror, formulan relatos que, a modo de síntoma, no dejan de querer decir aquello que se quiso olvidar, es decir, aquello que inició el relato mismo.

            Aunque una historiografía de la autobiografía sea necesaria, aquí únicamente me remitiré a plantearla, no como género literario, más bien, como condición de posibilidad de enunciación. Pues, al momento en que uno habla, o bien, al momento de la escritura historiográfica, ¿no son los temas, las formas de abordarlos, una disposición existencial en constante creación por la afectación de los otros?

            La escritura historiográfica ha subrayado la importancia que tienen las operaciones sociales que las posibilita. En este sentido se afirma, en la actualidad, que no hay escritura de la historia objetiva, que no con pretensión de veracidad, o bien, libre de juicios, ya que son los juicios mismos los que posibilitan las preguntas históricas dependiendo los tiempos y espacios en las que se formulen. Resulta asombroso que, a pesar de este acuerdo del que arrancan ciertas investigaciones históricas, haya tan pocas reflexiones en torno a la relación de la producción del historiador y su vida. A pesar de los proyectos de egohistoria propuestos por Pierre Nora[15] y su continuación por otros pocos[16], que han tomado la tarea de historiarse en tanto que historiadores volviendo contingente su propio sujeto de saber, no ha habido mayor resonancia ni impacto en el campo historiográfico y su quehacer. Esta ausencia, o tal vez, resistencia, me parece un síntoma, una operación negada, tal vez, a la propia historicidad de la que la historiografía es resultado. Si una de las intenciones fundamentales de la historiografía es el ejercicio que muestra la saturación de verdad de ciertos relatos señalando su resto, lo que tuvo que marginar para constituirse como verdades, la crisis del relato actual mencionado arriba, tiene un lugar esencial en el quehacer historiográfico. Pues, si el problema es la instauración de los relatos binarios que automatizan y banalizan las vidas, la lectura histórica se vuelve urgente ahí donde las significaciones de la vida se tornan residuales. Uno de los compromisos éticos del historiógrafo se vuelve la restitución de la vida y los relatos, pues nadie es prescindible, y cada uno de nosotros trae consigo, ya, lazos sociales inéditos que, de ser escuchados, leídos, y narrados, ofrecen una crítica al discurso del mercado hoy instaurado como el único y mejor. En este sentido, una manera de asumir este compromiso comienza desde la escritura del historiador como existencia, es decir, como el cúmulo de decisiones, fallos, caídas, logros y alteraciones que lo han vuelto posible.

            Marranismo e inscripción, o el abandono de la consciencia desdichada (2016), es un libro en el que Alberto Moreiras reflexiona sus producciones y trayectorias intelectuales (en el contexto estadounidense en los campos del hispanismo, los estudios subalternos y la deconstrucción); elabora la noción de infrapolítica y su relación con la existencia. De las propuestas que me parecieron más sugerentes, entre otras, rescato la autografía entendida como una escritura que “no busca constitución en la verdad, sino que busca verdad y produce destitución. Busca verdad en el sentido de que busca en cada caso atravesar el fantasma, y produce destitución en el sentido de que atravesar el fantasma nos acerca al abismo de lo real”.[17] En tensión con toda afirmación aparentemente clausurada, esta escritura es una traición astuta que tiende a desestabilizar aquello que inscribe, incluyéndose a sí misma situándose en el campo de la contingencia. Es así como la autografía remite a:

“un espacio práctico-especulativo que no está regulado por las certezas mínimas, en cada caso ideológicas, que terminan nuestra relación con la cotidianidad, y así quedan fuera del horizonte de captura definido por el aparato legal, por la institución político-administrativa, por la instanciación nacional, de género, de sexualidad, de origen étnico, en fin, por todo artefacto identitario. Se trata de pensar no solo la escritura sino también en el curso mismo de la experiencia en lo que excede y desde lo que excede esa captura subjetiva”.[18]

            Las consecuencias en la escritura historiográfica atravesadas por la autografía muestran la historicidad (la no coincidencia de tiempos y espacios consigo mismos) llevada hasta sus máximas consecuencias. Una de ellas es comprender que la historiografía no es orientada por sí misma en cuanto a su quehacer, más bien, es una colocación venida de otros lugares. Lo cual pone en crisis a las instituciones: Estado, universidad y discurso del mercado, como los únicos lugares productores historiografías dando lugar a su propia caída a su vez que inaugura la apertura de la creación de otros relatos, como de formas de leer. Esta operación deja en descubierto, a su vez, a la historiografía no sólo como saber reducido a un gremio, marcando su potencia como creadora de lazos de sociabilidad.[19]

            La diferencia sustancial, que aquí no analizaré, entre la autobiografía y la autografía es una crítica de la segunda acerca de la propia noción de vida de la primera, en tanto unidad y acotada a la presencia animada de la persona. Debido a esta sospecha, como a todas aquellas otras que enfrenta la autografía, sorprende su proximidad, incluso toda su genealogía, con una figura singular: el marrano, es decir, a la “práctica existencial marrana”[20], que no una identidad. Esta consiste en la traición a la comunidad, al sujeto, que apesta la armonía del conjunto levantando, tras su paso, aquello que se ha querido ocultar, silenciar, negar, infectando las nociones que tienden a lo absoluto incluso si esta es la concepción de la humanidad misma.

Tal vez, el lugar del historiador cuya escritura sea autográfica sea, por ahora, inevitablemente la soledad, o, al menos, el de la errancia. Esta noticia no es nueva, ya había sido anunciada hace varios años, tal vez desde antes, pero apenas podemos comprenderla. En una discusión titulada: “El malestar en la historia”, publicada en la revista Fractal hacia 1996, tres historiadores: Alfonso Mendiola, Roger Chartier e Ilán Semo, planteaban los retos historiográficos suscitados por las preguntas de la historia cultural basadas en la contingencia y los misterios de la significación de las personas en diferentes tiempos y espacios. Disertando acerca de la relación entre la literatura y la historia, así como su condición a finales del siglo XX, cuando los grandes relatos que habían sostenidos la objetividad de la historia perdieron legitimidad, la pregunta acerca de la relación entre el historiador y su producción –en tanto que productor de sentido desde su propia contingencia– suponía una inevitable fisura entre su quehacer y su posición ante la institución historiográfica. El diagnóstico de Ilán Semo fue el siguiente:

“Desde el siglo XVIII, los historiadores modernos crearon “escuelas”, “academias”, “corrientes de interpretación” y, en general, lugares institucionales que amparaban y definían la naturaleza de su narrativa. Se asociaban y ocultaban en “espacios institucionales” o “grupos teóricos”. Michel de Certeau demostró con detalle los alcances de este fenómeno. Frente a ellos, el literato aparecía como un nómada solitario en búsqueda de lenguajes y significados irrepetibles y singulares. El malestar actual del historiador reside, en mi opinión, en la decadencia de su intervención institucional en la vida intelectual y en la pérdida de significado de la narrativa que se origina en esta filiación. En principio, tiene ante sí sólo dos opciones: las industrias de la memoria, criaturas producidas por el Estado y, sobre todo, por el mercado, o una soledad que se asemeja a la del literato”.[21]

            ¿Destino? ¿Destinación? Esta concepción sobre la escritura historiográfica exige, al mismo tiempo que su ejercicio, una lectura de los archivos hasta ahora ilegibles acerca de quienes, en otro momento, en diferentes espacios, tal vez ahora, nos hable desde ahí y no hemos podido escuchar. La autografía como una crítica a la lectura, a nuestra aproximación a aquellos que con su habitar-su-existencia no han dejado de suscitar la incomodidad e irritación de embarrar, a los supuestos, con algo de verdad. La relación con estas escrituras no puede ser como un simple objeto de estudio, claro está. La afectación es tal, al aproximarse a dichos trazos, que uno queda alterado, por siempre marcado. No hay retorno a sí mismo una vez que el encuentro se ha dado. No me refiero únicamente los trazos ya dejados, como, por ejemplo, el libro de Moreiras. Aludo, también, a los vivos, a aquellos que incluso en estos tiempos de delirio de documentación quedan fuera de todo registro, sacrificio, a saber, los migrantes (in)documentados. Leer, percibir, escuchar desde la comprensión de su propio relato es ya documentación y lugar en la vida, sin necesidad de nada más que ello. Ese puede ser uno de los retos historiográficos no sólo con los (in)documentados en la actualidad: migrantes, “refugiados”, vagabundos, etc., también con los del pasado.

Auto(bio)grafía como escritura del cuidado de sí: Flac

Hacia 1992 y 1993, al borde de la muerte, el psicoanalista Serge André escribió: Falc, una autobiografía “al mil por ciento”. Es decir, una extracción de su historia de “acontecimientos, recuerdos, frases o palabras señeras, detalles a veces ínfimos que grabaron en [su] memoria, colección heteróclita cuyo único punto común y cuya única importancia verdadera reside en el carácter enigmático con que se [le] aparecieron”.[22] Tras las últimas frases de la novela escrita, André se recuperó “espontáneamente”. Una escritura que curó dando lugar a un renacimiento, uno psíquico, extraño. La novela rompe, destaza, es salvaje. Logra arremeter contra toda representación orillando hacia el vacío. Venida desde el desconocimiento de sí, renunciando al estado sonámbulo, a la Stimmung de la hemorragia y la ida de uno mismo, Flac despierta para “excavar un túnel en la pavorosa prisión del lenguaje unificado y del fantasma estandarizado en el que nos encierra la dictadura del discurso común”.[23]

            Flac, Marranismo e inscripción, los (in)documentados, entre otros ejemplos más, son trazos que nos llegan como residuos del discurso común mostrándonos, ya, sus márgenes, su historicidad. Estos desfases escriturísticos más que asegurar un lugar en la salvación, nos muestran como a pesar de estar inscritos en la disposición que vuelve de nosotros una simple utilidad, un programa en las historias del gobierno de los sujetos, es posible devenir programadores. Poner alto a la pérdida del saber hacer que nos desindividualiza arrojándonos al desencanto del mundo, es la propuesta historiográfica que tiene como compromiso ético dar cuenta de las consecuencias de la anulación de la acción tal como Arendt lo propuso: “la acción mantiene la más estrecha relación con la condición humana de la natalidad; el nuevo comienzo inherente al nacimiento se deja sentir en el mundo sólo porque el recién llegado posee la capacidad de empezar algo nuevo, es decir, de actuar”.[24] Renunciar a la acción es estar muerto en vida funcionando sin más.

            La historiografía entendida como una escritura hospitalaria para los otros requiere hospedar lo hasta ahora residual en su discurso: los itinerarios que habitan la existencia y el pensamiento del historiador que traza. Esta es la potencia de la autografía: acompañar desde la errancia en el desierto a aquellos que han tomado las sendas activas y así, entre dos, impulsarse para continuar andando para no caer. Sólo así, la historiografía, excedida en sí misma de sus arraigos institucionales, deviene creador de otros lenguajes y significaciones. De hacer caso omiso su destino es su propia muerte, un suicidio venido de asumir su automatización y sumisión ante la maquinación del relato, del mundo. 

Bibliografía

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[1] Alberto Moreiras, Marranismo e inscripción, o el abandono de la consciencia desdichada (Madrid: Escolar y Mayo, 2016), p. 196.

[2] En cuanto a la toma de la palabra y a propósito de los cincuenta años de 1968, ver: Michel de Certeau, La toma de la palabra y otros escritos políticos (México: Universidad Iberoamericana, 1995). En especial el ensayo “Tomar la palabra”, pp. 39-52.

[3] Michel de Certeau, El lugar del otro. Historia religiosa y mística (Argentina: Katz, 2007), p. 61.

[4] “La palabra Stimmung se traduce con frecuencia (y acertadamente) como “estado de ánimo”; en un sentido metafórico el término puede entenderse como “clima” o “atmosfera”. Lo que las metáforas de clima y atmósfera comparten con la palabra Stimmung (cuya raíz etimológica es Stimme, en alemán, “voz”) es que sugieren la presencia de un contacto, típicamente muy suave, sobre el cuerpo de quien percibe. El clima, los sonidos y la música tienen un impacto material, si bien invisible, sobre nosotros. La Stimmung incluye una sensación que asociamos con ciertos sentimientos “internos””. Hans Ulirch Gumbrecht, Después de 1945. La latencia como origen del presente, (México: Universidad Iberoamericana, 2015), pp. 28-9.

[5] Michel Houllebecq, Ampliación del campo de batalla, (España: Anagrama, 2015), pp. 16-7.

[6] François Hartog, Regímenes de historicidad: presentismo y experiencias del tiempo, (México: Universidad Iberoamericana, 2007). En especial los capítulos 4 y 5: “Memoria, historia, presente” y “Patrimonio y presente”.

[7] Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis. Entre ciencia y ficción, (México: Universidad Iberoamericana, 2011), pp. 125-139.

[8] Una crítica venida desde la reflexión en torno a la crítica del sujeto liberal, puede consultarse en: Slavoj Žižek, En defensa de la intolerancia, (Barcelona: Diario Público, 2010). Una historiografía aguda que repasa las condiciones de posibilidad de las narrativas producidas por el Estado mexicano a modo de su justificación por medio de su pasado “indígena”, ver: Guy Rozat Dupeyron, Orígenes de la nación: pasado indígena e historia nacional, (México: Universidad Iberoamericana, 2001). Un estudio historiográfico atento a las consecuencias racistas y de exclusión de la producción histórica venida de la alianza entre el Estado y la institución del saber, consultar: Federico Navarrete, México racista. Una denuncia, (México: Grijalbo, 2016).

[9] Una excelente crítica hacia el contexto actual universitario, ver: “Universidad y principio de equivalencia. Hacia el fin de la Alta Alegoría”, en: “Infrapolitical Deconstruction”, Alberto Moreiras, 01-07-2018, https://infrapolitica.com/2017/01/17/universidad-y-principio-de-equivalencia-hacia-el-fin-de-la-alta-alegoria-borrador-de-conferencia-para-17-instituto-de-estudios-criticos-mexico-df-22-de-enero-2017-por-alberto-moreiras/ Una revisión historiográfica acerca del cambio del lugar de la universidad en la sociedad regida aún por el Estado, hacia la nuestra, regida por el mercado, en el contexto general ateniendo, también, el historiográfico, ver: Dominick LaCapra, Historia en tránsito: experiencia, identidad, teoría crítica, (Argentina: Fondo de Cultura Económica, 2006), pp. 261-328.

[10] Ver nota 6.

[11] Un estudio acerca de la historia del lujo del siglo XVIII a la actualidad, que sitúa a la experiencia como el producto por excelencia de nuestro presente, puede consultarse en: Yves Michaud, El nuevo lujo. Experiencias, arrogancia y autenticidad, (México: Taurus, 2015).

[12] Jean-François Lyotard, La condición postmoderna, (Madrid: Cátedra, 2012), p. 16.

[13] Vale la pena revisar la investigación historiográfica: François Dosse, El arte de la biografía: entre ciencia y ficción, (México: Universidad Iberoamericana, 2007).

[14] Remito a la basta investigación Néstor A. Braunstein en la que este tema, entre otros, son planteados desde la lectura psicoanalítica: Néstor A. Braunstein, Memoria y espanto O el recuerdo de la infancia, (México: Siglo XXI, 2008); Néstor A. Braunstein, La memoria, la inventora, (México: Siglo XXI, 2008); Néstor A. Braunstein, La memoria del uno y la memoria del Otro: inconsciente e historia, (México: Siglo XXI, 2012).

[15] Pierre Nora, Essais d’ego-historie, (París: Gallimard, 1987). No hay traducción al español por el momento.

[16] Es posible encontrar, en las bases de datos de revistas especializadas en producción académica, algunos artículos e incluso un par de libros en diferentes latitudes del mundo. Las principales producciones pertenecen a la lengua francesa.

[17] Alberto Moreiras, Marranismo e inscripción, p. 200.

[18] Alberto Moreiras, Marranismo e inscripción, p. 201.

[19] Una propuesta en la que la historiografía es planteada desde este horizonte puede consultarse en: Benjamín Mayer Foulkes, “El origen de la historiografía: historicidad, escritura y plus-de-goce”, Psicologia & Sociedade 21, V (200), pp. 43-50, http://www.scielo.br/pdf/psoc/v21nspe/v21nspea08.pdf

[20] “Marranismo”, en: “Infrapolitical Deconstruction”, Alberto Moreiras, 01-07-2018, https://infrapolitica.com/2018/06/03/marranismo/  Podría pensarse, como figuras similares, la del maldito, el místico, y el de la animalidad/bestialidad. Queda toda esta historia por escribir, tal vez, bajo el título de: infrahistoria.

[21] Roger Chartier, Alfonso Mendiola e Ilán Semo, “El malestar en la historia”, Fractal, número 3 (1996), consultado 8 julio, 2018, http://www.mxfractal.org/articulos/RevistaFractal3ElMalestarEnLaHistoria.php

[22] Serge André, Flac (la novela) seguida de la escritura comienza donde el psicoanálisis termina, (México: Siglo XXI, 2000) p. 165.

[23] Serge André, Flac (la novela) seguida…, p. 182.

[24] Hannah Arendt, La condición humana, (México: Paidós, 2016), p. 23.

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