La huella emocional es el trazo que sigue la historiografía negativa

¿No es la memoria inseparable del amor, que desea conservar lo que en sí es pasajero? ¿No está cada movimiento de la fantasía producido por el deseo que, al transferir sus elementos, trasciende de lo existente a lo afectivo? ¿No está hasta la más simple percepción modelada por el temor a lo percibido o el apetito del mismo?[1]

Andar a tientas

La agudización de los sentidos del niño que entra a un espacio oscuro que habrá de explorar hace de la materia que lo soporta y lo circunda, así como de la región invisible en la que sucede, un ir y venir de figuras secretadas por la imaginación y el conocimiento concreto del mundo. Un abrigo puede ser la piel de un monstruo, la mesa la proa de un barco, el perchero la espada Excálibur, la alfombra una pradera, el crujir del buró un susurro del bosque, etc. Palpando las sombras y los volúmenes negros, entre el terror y la intriga, el vínculo con el Cosmos se actualiza, una vez más, en su desobra. Encender la luz se lleva consigo lo que habrá de volver de inmediato en el estado de vigilia como la potencia de las cosas que en el juego darán lugar a su celebración. Los relatos venidos de estas experiencias mezclan las voces arcaicas con la singularidad de cada niño. Sin la huella emocional de la que emergen las intensidades afectivas no habría más que frialdad y coincidencia. Lo impensado, esa oquedad que perfora la razón que articula el presente, es una de las grietas favoritas del niño. Ahí, a ciegas, se envuelven con fábulas, ficciones y sueños. La insistencia de mantener este vínculo es la confrontación con toda participación que suscriba la equivalencia en la circulación infernal de su intercambio.

La castración de la percepción

El disciplinamiento de la historiografía ha sido una de las más eficientes estrategias para articular el tiempo desde la razón del presente. La localización e identificación de los detritos, acomodados por el deseo de elucidar lo real en ellos, hacen de la historia una experiencia y una conceptualización objetiva que habrá que validar o rechazar desde diversas metodologías científicas. Este “ordenamiento laico y crítico” discrimina en su operación a la memoria, el sueño, la fantasía y la ficción, dado que su registro pertenece al mito, a la magia. Esta lógica narrativa es la actualización de la expansión técnica que busca soldar la contingencia en los referentes que afirman la realidad existente vía la restitución y reproducción de los paradigmas ortodoxos del saber, avalando lo verdadero en su pulsión productiva venida de las dinámicas de acumulación como fin último. Este ritmo de producción de historias rechaza sistemáticamente la vinculación con otras experiencias temporales que por su naturaleza no puedas ser asimiladas a la identificación y localización de las líneas de investigación, los recursos económicos, y demás escalafones de la estadística que dispondrá la agenda a seguir. Fetichización del objeto de estudio, de su tratamiento, de las relaciones y de los productos, es el resultado de la demanda por lo conocido, que se erosiona en su repetición claramente irracional. Sin tiempo robado, otium, deseo, ni las matrices del impulso, las sensibilidades, la imaginación y la indeterminación, posibilitadoras del pensamiento, quedará la imbecilidad. Las patadas de ahogado de las disciplinas, por más inter y multi que se crean, se encuentran dominadas desde hace tiempo por el encadenamiento de su calculabilidad. El objetivo disciplinar: dejar de pensar.

Palpar las oquedades

El simulacro de la totalidad adquiere su solidez en el rechazo a la historia. Como el psicoanalista, el historiógrafo es guiado por los síntomas, las superficies y las errancias de la objetividad y su verdad. Este andar a tientas moldea su cuerpo, altera sus sentidos agudizándolos, desorganizándolos. Así caen en cuenta de las bisagras, costuras, soldaduras y montajes de detritos que componen la ya supuesta totalidad. Estas junturas son velos que señalan oquedades ocultándolas. Abismarse a esos vórtices, a esas zonas negras, requiere de un instante ciego en el que pueda palparse eso incognoscible para dejarse llevar por su posibilidad. Resguardar la objetividad en esta hendidura es lo que permite elaborar la inevitable transitoriedad de esta experiencia que, al expresarla, habrá de resguardar lo indecible que la suscitó. Este es uno de los momentos de la historiografía negativa.

El instinto alumbra a la historiografía negativa

El sistematizado proceso de archivación de los recién llegados de las migraciones indocumentadas en la actualidad capturan sus datos vitales y hechos concretos de violación a sus derechos, si es que hay recurso para dar seguimiento de los mismos. La tarea diaria de los registradores no les permite vacilar ni detener su labor debido a la cantidad de personas que no cesan de arribar. Las entregas de avances se hacen en juntas semanales. Ahí se arman los relatos que habrán de entregarse a las organizaciones que financian las instituciones de recepción sean gubernamentales u ONG´s. Las mediaciones de los reportes se bifurcan hacia documentos oficiales, panfletos políticos, consignas activistas, noticias, archivos, libros de historia, etc.

En este proceso inacabado y aún así bien articulado hay, entre otros, un instante particular. No es identificable ni localizable pues sucede de manera inesperada, y si bien hay una marca inicial, no tiene un origen específico ni un final determinado. Este sucede en la escucha, la conversación y tacto entre los involucrados en el trabajo de archivación. Lo incapturable por los datos y los hechos, esa otra historia que no coincide ni con ellos mismos, esos trazos que, como huellas emocionales, irrumpen en el trabajo intempestivamente abriendo la existencia hacia una zona indescriptible, son lo que queda fuera del archivo, de la historia. Y, sin embargo, llevan consigo otro registro y otra inscripción, anárquica en su seno. Una institucionalidad posible en la intemperie, quizá. Una sociabilidad en la que uno pueda ser ahí sin alentar la fuerza despiadada del otro. Un pensamiento venido de la intuición de aproximarse a la sustracción de la acción, a la hendidura en la que todos nos encontramos. En suma: una historiografía negativa.

Noviembre 2021.


[1] Theodor W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones de la vida dañada, tr. Joaquín Chamorro Mielke, Taurus, España, (1951) 2003, p. 121.

2 comentarios sobre “La huella emocional es el trazo que sigue la historiografía negativa

  1. los sesgos disciplinares opacan no nada más las dimensione fantasiosas, emotivas y pulsionales humanas, sino otro tipos de saberes —no propios de la cultura escrita alfabética— cuya realización, por ello mismo, se da en campos de lo no escrito. Justamente estoy leyendo un de Jorge Canizarez Esguerra de cuando en el siglo XVIII se alfabeticentró la tarea historiográfica, lo que no fuera escritura no era válido para el trabajo del historiador. Así, la crítica inglesa cuestionó el valor de la traducción a esa lengua de la Historia antigua de México de Clavijero, por sus fuentes y el uso que hacía de ellas, que no eran escritas ni alfabéticas.
    Saludos.

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