Notas para un postexto para «La cabellera andante» (1984/2015) de Margo Glantz

“Tenías el pelo como una manta. Por eso no tenía movimiento.”

Peluquero en Córdoba-España en pleno corte de cabello en diciembre de 2019.

Hace un par de semanas me corté el cabello en una barbería llamada “Don Pancho” en San Cristóbal de las Casas-Chiapas. El nombre nació a modo de confrontación con una barbería tradicional y famosa en Tuxtla Gutiérrez. Su nombre es “Don Porfirio”. La única diferencia entre ambas, narró el barbero, es que sus colegas de la capital del estado son canosos, tienen barbas y bigotes blancos elegantemente recortados, además del don de “escuchar con las manos qué es lo que le viene mejor al cliente”. Tras un breve suspiro, mencionó que “en Don Panchos preferían lo revolucionario, el cambio”. Conversamos acerca de la personalidad múltiple de aquellas figuras históricas y de las leyendas de tesoros perdidos en la selva que habían dejado los carrancistas en las que, por alguna razón, las mulas son fundamentales. Vernos al espejo mientras el barbero trasquila por aquí y por allá me hizo darme cuenta que suelo cortarme el cabello cada seis meses desde hace diez años, cuando decidí dejarlo lo más largo que pudiera. Pensé en el crecimiento de las uñas y el cabello de los cadáveres, así como en lo extraño que es que no me doliera mutilarme esas partes del cuerpo. Recordé a Alex, el peluquero de mi infancia y sus relatos acerca de las marchas del orgullo gay a las que solía ir. Disfrutaba escucharle y ver sus movimientos similares a los de un portero o a una forma de Tae-Kwon-Do. Encadenado a ese recuerdo vinieron muchos más. Imaginé escribir mi historia en las “estéticas” (comparto, con Margo Glantz, la pregunta de por qué les dicen así a las peluquerías en México), historia del pelo, etc. Asocié pasajes de Historia descabellada de la peluca (2014) de Luigi Amara y Salón de belleza (1994) de Mario Bellatin. En ese momento decidí que algún día habría de escribir esas historias. Podrían hacerse de tantas maneras… Por ejemplo: una historia de las peluquerías narrada por una tijera. Sería un escrito que funcione cortándose a sí mismo para darse forma, estilo, en un esfuerzo imposible de fijar lo transitorio. En fin. Salí de la barbería fresco y con más imaginación que cabello.

De camino a una comida pasé frente a la Feria del Libro de San Cristóbal. Decidí entrar a saludar a unos amigos y ver qué había de nuevo. El primer estante en el que me detuve, uno de libros usados, vi la bella portada de La cabellera andante de Margo Glantz. Lo tomé de inmediato y leí la contraportada escrita por Carlos Monsiváis. Pasé varias páginas hasta llegar a la primera. El siguiente párrafo me hizo olvidar la comida y continuar mi paseo leyendo acerca del cabello:

Este libro sobre el cabello fue pensado a manera de relicario: conserva algunas de las muestras más preciadas para mí de una excrecencia del cuerpo humano que ha significado a la vez resurrección y muerte, erotismo y represión. Insisto en que este libro es un simple guardapelo. El guardapelo era un objeto pequeño, delicado, ocioso, bello, objeto de ornato que generalmente las mujeres se ponían en el cuello, habitualmente en el siglo XIX. El pelo guardado allí es un símbolo amoroso, erótico o filial, símbolo de fuerza por la cercanía que tenemos, a través del pelo, con lo primitivo.[1]  

Este libro-relicario me parece una de las formas más prolíficas, retadoras, divertidas e interesantes para experimentar nuestras relaciones con la historicidad constitutiva de la materialidad de las prácticas que han labrado nuestra vida en el presente y que han dejado su estela en otros tiempos y espacios. Los montajes de imágenes y citas venidas de libretos de películas de King Kong, la Biblia, tratados del siglo XVIII, etc., logran generar la extrañeza de nuestro vínculo con el vello, el pelo, el cabello y la fragmentación del cuerpo.

Algunos pasajes del libro circularon en publicaciones periódicas hacia 1977. En 1984 salió la primera versión del mismo titulado De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos. La reedición de 2015 incluye la sección “Postextos”, en la que hay un comentario de Monsiváis y dos reseñas circuladas en Debate feminista. Llama la atención, como en muchos casos, leer cómo fue recibido el experimento de Glantz en el mundo literario en México, así como en la tradición del pensamiento en castellano. Parece que, similar al cabello, este libro continúa creciendo con el paso de los años.

Estas notas son la preparación de un escrito de largo aliento que preparo en las peluquerías, barberías y estéticas, desde hace dos años. Particularmente, desde la que ha sido, para mí, una de las tardes más conmovedores de mi vida. Esta tuvo lugar en Córdoba-España, el 27 de diciembre de 2019, a lado P. Aquel día fuimos a la Peluquería Miguel Ruz Priego, ubicada en la calle Isabel Losa #1. Lo que sucede dentro de ese local es tan potente que aún me pregunto cómo podría relatarlo. Leer La cabellera andante me ha impulsado a retomar la escritura de aquel instante, ahora distinto, que alumbró una experiencia distinta del cabello en mi vida. Una, quizá, registrada en el mundo del arte, si por ello entiendo aquí, el encuentro con algo que me hace preguntarme acerca de la existencia, de la mía.

Aquella tarde caminamos durante horas con P. fascinados por esos laberintos y los susurros que allí perduran. P. quería cortarse el cabello, así que buscamos varias peluquerías. Las dos que nos quedaban cerca, entre ellas, Lola Jiménez no le convencieron. Dimos un rodeo que nos llevó a la peluquería de Miguel quien nos dijo que regresáramos en un par de horas. De vuelta, me senté en uno de los sillones rojos. Me sentía como un poro abierto. Tomé mi libreta y apunté todo lo que veía para hacer algo con ello en un futuro. A continuación transcribiré esos apuntes con la intención de regresar a ellos y hacer ese postexto a La cabellera andante.

27-12-2019

Córdoba-España

Peluquería Miguel Ruz. Cada elemento del interior de la peluquería remite a otro lugar. No hay domicilio, sólo relaciones. La atmósfera pesa. La niebla, venida del fijador, vuelve del interior un planeta, una cueva gaseosa.

La luz es entre amarilla y blanca. Hay al menos 50 focos.

Los sillones donde se sientan las personas, frente a espejos de cuerpo completo, tienen vestiduras de imágenes fragmentadas y montadas de la ciudad de Nueva York, tal vez, de hace unos 50 años.

El piso es de color verde marmoleado. Me molesta el color.

La decoración es ecléctica.

El sillón de espera es rojo y lo suficiente alto como para que las piernas no puedan tocar el piso.

 Hay un perro viejo acostado en una de sus equinas. Hiede.

Arriba del sillón rojo hay una copia de un friso helénico de imágenes de Hércules peleando contra un león y varios hombres.

En la entrada hay dos muebles. El de la izquierda es un candelabro con focos. El cuerpo es blanco con adornos dorados. En él hay un rosario colgando y una lámpara de metal vieja. Del lado derecho hay un mueble pequeño de tres niveles. El primero tiene un recipiente de cristal vacío. El segundo, un elefante metálico con la trompa y colmillos hacia arriba. En el tercer nivel, hay una máquina registradora a lado de otro recipiente de cristal vacío.

Bajo el aire acondicionado hay un pequeño apartado con imágenes religiosas: vírgenes, Jesús, etc., y un teléfono.

Hay flores artificiales.

Al fondo hay una regadera para cabello.

Las mujeres que llegan son de la tercera edad. Hablan intermitentemente del clima, de lo que ha sucedido en el día.

De fondo, aunque no ambiental, más bien, como parte de una voz que guía el ritmo de los cortes de cabello, suena, a volumen considerable, ópera italiana.

El señor peluquero (Miguel) lleva tenis Nike, jeans ajustados y cortados, chaleco sin mangas azul marino, camisa azul claro y pulseras de plata. Tiene cabello corto, chino. Usa lentes. Corta el cabello al ritmo de la música. Su compás lo abre según el movimiento que hace con las manos y las tijeras.

Hay una mujer que atiende a su lado, la que preparó a P. Es menos extrovertida en su interacción con el cabello. Va a otro ritmo.

“Lo tenías como una manta. Por eso no tenía movimiento”… dice el peluquero algo agitado.

Pocas veces he visto a un peluquero tan hábil, tan entregado en un cuerpo al corte y a la música. ¡Es un artista!

Aquí, en su taller, me siento feliz. Podría decir que aquí he nacido una vez más. Es un momento de embriaguez. Es un éxtasis. Todo sucede dentro de este rarísimo local donde le cortan el cabello a P. Vaya que intentamos en otras peluquerías, al menos en dos. Una llamada de forma gringa y otra que estaba cerrada debido a la defunción de uno de sus familiares. Su nombre era Lola Jiménez.

El tono de voz del peluquero es alto y preciso.

Los espejos de cuerpo completo son, a su vez, puertas, clósets.

El techo es de metal reflejante.

“Manchurronia”.

Hay un conejo verde fosforescente sobre una base negra, ambos de plástico. Esa figura detiene la puerta principal.

P. ha escogido fleco (de nuevo, tras muchos años sin tenerlo así).

Estas notas apresuradas servirán para un escrito posterior.

A diferencia de otras peluquerías donde se hacen citas, aquí funciona desde las puertas abiertas. Todo quien pase será bienvenido.

El fleco de P. le hace ver particularmente bella: acentúa la asimetría de sus ojos.


[1] Margo Glantz, La cabellera andante, México, Alfaguara, (1984) 2015, p. 11.

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